El efecto mariposa y la economía tras la I Guerra Mundial

14 Diciembre, 2018

El efecto mariposa y la economía tras la I Guerra Mundial


El efecto mariposa, vinculado a la teoría del caos, asegura que el aleteo de un insecto en Hong Kong puede causar una tempestad en Estados Unidos. Ambos conceptos se utilizan para explicar algo tan complejo como el universo, que es un sistema caótico, flexible e impredecible. Tal vez sea la única manera de aclarar por qué una serie de hechos aparentemente inconexos entre ellos, sobre los cuales los historiadores todavía no han llegado a ponerse de acuerdo, desembocó en la I Guerra Mundial. Y por qué algunos de sus efectos económicos todavía se dejan notar hoy en día.

La Gran Guerra finalizó hace un siglo con el armisticio de Compiègne, después de cobrarse más de 17 millones de vidas humanas. El conflicto cambió la economía global y lo hizo para siempre. Nadie esperaba una guerra tan larga y los países tuvieron que intervenir para sostener el esfuerzo bélico. Un ejemplo: cada disparo con el mortero alemán «Dicke Bertha» —que sembró el pánico entre las tropas francesas— costaba 1.500 marcos de la época. Estas circunstancias supusieron que las economías liberales dieran paso a un proteccionismo cuyos efectos durarían aún muchos años.

Adiós, imperios. Hola, proteccionismo

Tal y como explica Steve Forbes, el mercado mundial, como proporción de la economía global, no recuperaría los niveles alcanzados en 1913 hasta 80 años más tarde. Por su parte, los flujos internacionales de capital no volverían a ser los mismos hasta 1996. Las causas hay que buscarlas en la Gran Guerra y en la transición que provocó desde una economía liberal a otra proteccionista. En 1914, el año en el que comenzó el conflicto, las restricciones a los movimientos de capital eran prácticamente inexistentes, algo que cambió radicalmente tras la guerra y durante la Gran Depresión.

Todo esto se explica, en parte, por la ruptura de los grandes imperios (alemán, austro-húngaro y otomano) que provocó la I Guerra Mundial. Los países surgidos a partir de este fenómeno de fragmentación empezaron a proteger sus economías aplicando restricciones al comercio que no existían en el anterior periodo imperial. Aunque después de la II Guerra Mundial muchas de estas barreras desaparecieron, todavía hoy se utilizan algunas de esas medidas. Un ejemplo es la devaluación de las monedas para equilibrar el mercado exterior.

La guerra también reveló el potencial de los impuestos sobre la renta a la hora de generar ingresos para el Estado. Cuando en 1913 este impuesto se promulgó en Estados Unidos, el tipo máximo era del 7%; antes de terminar el conflicto, había alcanzado el 77%. Por su parte, Francia lo impuso por primera vez en 1914 por la necesidad recaudatoria que provocó la guerra, mientras que en Gran Bretaña, el número de contribuyentes pasó de poco más de un millón al inicio de la guerra a los tres millones de 1920. Hoy, la mayoría de los países desarrollados utilizan esta medida para financiar su gasto público.

El nuevo orden mundial

El Tratado de Versalles supuso un cambio en el equilibrio de los distintos países a escala mundial. No solo las potencias vencidas verían afectada su economía a causa de las reparaciones de guerra —cuyos intereses Alemania acabó de pagar en 2010—, sino que los ganadores tuvieron también que enfrentarse a la reconstrucción de sus economías y a un nuevo estatus a nivel global.

Los problemas monetarios y financieros de los países industriales que participaron en la guerra retrasaron la recuperación de su producción. Como consecuencia, las monedas europeas se depreciaron y abandonaron su valor fijo respecto al patrón oro. Mientras, el dólar pasó a ser la única divisa segura.

Con el fin de relanzar su economía, los países europeos necesitaban recursos financieros. Así fue cómo Estados Unidos se convirtió en el principal inversor mundial, una condición que ayudó a apuntalar su posición como gran potencia económica.

De esta manera, Gran Bretaña y Francia contrajeron deuda respecto a Estados Unidos. Ambos países pretendían pagar su amortización e intereses con los recursos obtenidos de las reparaciones de guerra que tenía que pagar Alemania, estipuladas en el Tratado de Versalles. El problema era que la zona más productiva de Alemania estaba ocupada por tropas francesas y solo podía hacer frente a las indemnizaciones si obtenía créditos de Estados Unidos.

Esta situación provocó un círculo vicioso inflacionista que terminó por endeudar a prácticamente toda Europa y la economía europea se hizo dependiente del capital norteamericano.

Otro efecto de la Gran Guerra fue la aceleración del desarrollo tecnológico en la industria, clave para sostener el esfuerzo bélico. Esto se tradujo, por ejemplo, en la mecanización del trabajo en el campo, que provocó un abaratamiento de los alimentos durante los años 20. Gracias a ello, grandes masas de población accedieron a niveles elevados de consumo, mientras las fortunas de inversores y empresarios estadounidenses se multiplicaron hasta que llegó el crack de 1929.

Una deuda inmensa

Tal vez la consecuencia más dramática de la I Guerra Mundial fue la II Guerra Mundial. Detrás de su gestación también hubo motivos económicos. Las indemnizaciones impuestas por los vencedores a Alemania tuvieron mucho que ver con la declaración del segundo gran conflicto bélico del siglo xx.

El Tratado de Versalles imponía a Alemania unas reparaciones de guerra que incluían la entrega de todos los grandes barcos mercantes alemanes, el pago anual de 44 millones de toneladas de carbón o la mitad de la producción química y farmacéutica del país, entre otras obligaciones. Además, exigía el pago de 132.000 millones de marcos, que Alemania debía pagar a plazos.

El endeudamiento derivado de estas obligaciones, que los alemanes consideraban humillantes, desembocó en serias dificultades para su economía, agravadas por el crack de 1929 de Estados Unidos y la hiperinflación: una barra de pan llegó a superar el billón de euros actuales en el mercado de Berlín. El caos económico y el desempleo formaron el caldo de cultivo perfecto para el ascenso del nazismo y la posterior declaración de una guerra que se cobró 40 millones de víctimas mortales.

El efecto mariposa que provocó la gestación de la Gran Guerra transformó para siempre el mundo tal y como se conocía. Los asuntos económicos fueron determinantes en esta cadena de consecuencias, cuyo eco todavía perdura.

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