Economistas con Nobel: Elinor Ostrom y la magia de lo común

09 Septiembre, 2020

Economistas con Nobel: Elinor Ostrom y la magia de lo común


En economía, como en literatura, también hay tragedias. Esta es una lección dolorosa que se suele extraer de situaciones como las recesiones provocadas por burbujas que estallan de manera súbita. Parecen fruto de una fatalidad inevitable, de una regla del destino que nos condena a sufrir las consecuencias de la escasez de manera cíclica porque no somos capaces de administrarnos bien. Parece que somos como termitas que devoran los recursos comunes sin pensar en el futuro. Como consecuencia, la propiedad común necesita ser regulada por la Administración o privatizada para evitar que esto ocurra.

¿Y si no fuera así?, ¿y si fuéramos mejores gestores de lo que pensamos?, ¿y si ese dilema entre gestión pública o privada no fuera tal? Estas fueron las preguntas que, en su día, rondaron la cabeza de la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía. Elinor Ostrom (1933-2012) decidió desafiar los dogmas de la economía y lo hizo buscando allí donde esta disciplina no llega fácilmente: en hogares, en pastos, en riegos y en bosques. Y resultó que no, no estamos condenados a esquilmar lo común para engordar el beneficio individual. Es más: existen otras maneras mucho más sostenibles de hacer las cosas que llevan siglos en funcionamiento.

Universidad y taquigrafía

Elinor Ostrom nació en un hogar humilde de Los Ángeles (Estados Unidos) en medio de la Gran Depresión. Su historia es la de una mujer que se abrió paso en la universidad en un momento en el que la presencia femenina era prácticamente testimonial.

Hay una anécdota que ilustra a la perfección la actitud de esta pionera: tras graduarse, le recomendaron aprender mecanografía y taquigrafía, ya que los empleos más típicos en la época para las mujeres eran los de secretaria o profesora. “Así que comencé un curso de taquigrafía por correspondencia”, explicaba. “Nunca la utilicé para transcribir un dictado, pero la encontré muy útil para tomar notas de las entrevistas que realizaba en mis proyectos de investigación”.

A base de esfuerzo, consiguió desarrollar una brillante carrera académica y profesional, que comenzó con un estudio sobre la industria del agua en California. Este trabajo le dio la oportunidad de observar cómo se resolvían los problemas relacionados con la gestión de un recurso común. Justo después de defender su tesis doctoral, la revista Science publicaba un artículo del biólogo Garrett Hardin que acabaría por ser muy influyente en la teoría económica. Su título era “La tragedia de los comunes” y abordaba la manera en la que los humanos tendemos a gestionar los recursos.

Desafiando la tragedia de los comunes

El artículo presenta un grupo de ganaderos que comparte un terreno de pastoreo común. Plantea que, como seres racionales que son, cada uno de ellos tratará de mantener el mayor número de cabezas de ganado posible en los terrenos comunes, por lo que cada vez más animales se alimentarán de esos recursos. Mientras las guerras o las epidemias vayan manteniendo a raya la población tanto de pastores como de ganado, los recursos se mantendrán. Sin embargo, cuando entren en escena la estabilidad social y los avances en medicina, surgirá la tragedia: el terreno se agotará y acabará por destruirse.

Esto quiere decir que, cuando muchos individuos actúan de manera independiente y racional para defender su propio interés, con el tiempo acabarán por agotar un recurso común limitado. Esto ocurrirá igualmente aunque sepan que, a largo plazo, nadie obtendrá un beneficio.

Tan influyente fue este artículo, que durante años existió el consenso de que los recursos naturales que se usan de manera colectiva acaban de manera inevitable en sobreexplotación para agotarse a largo plazo. ¿Cómo evitarlo? En este sentido, unos proponían entregar el control de los bienes comunes al Gobierno, mientras que otros defendían la privatización.

Elinor Ostrom decidió ir más allá y planteó que esa sobreexplotación no era inevitable, sino que se podía prevenir gracias a la cooperación. Si los ganaderos controlan el uso que cada uno hace de la tierra y aplican reglas para su administración, conseguirán acabar con la tragedia descrita por Hardin.

Trabajo sobre el terreno

Para probar sus postulados, Elinor Ostrom condujo junto a su marido Vincent un estudio internacional en el que participaron investigadores de distintos países, especialmente interesados en la materia y con un profundo conocimiento del terreno. Buscaron y analizaron casos empíricos de gestión comunitaria de recursos relacionados con la pesca, el agua, los pastos o los bosques, entre otros.

Durante la investigación, se dieron cuenta de que los usuarios de recursos comunes acababan por desarrollar, con el paso de los años, complejos sistemas para tomar decisiones y reforzaban la regulación para manejar conflictos de interés, sin necesidad de nacionalizar ni privatizar los bienes comunes. Se trata de mecanismos que garantizan equidad en el acceso a los recursos, al tiempo que los protegen.

Entre los ejemplos que Ostrom cita en su libro El gobierno de los bienes comunes se encuentran los sistemas de regadío establecidos en distintas zonas del este de España. En el caso de Murcia y Orihuela, la autora destacaba cómo las comunidades de irrigación asignaban tandas a los agricultores para extraer agua de los canales. Se trata de períodos fijos durante los cuales podrán obtener el recurso. Esto los ayuda a planificar sus actividades agrícolas en función del momento en el que podrán regar y también los motiva a ahorrar agua en sus propios campos, ya que deben decidir cómo distribuir en ellos el tiempo limitado que tienen para regarlos.

En Valencia, el sistema de turnos que menciona Ostrom en su obra establece un orden fijo en el que cada agricultor recibe el agua. Podrá tomar cuanta necesite en su turno, eso sí, sin desperdiciarla. Y, si ocurre una sequía extrema, se da prioridad a los agricultores con los cultivos que requieren más agua.

Elinor Ostrom fue capaz de encontrar la magia detrás de lo común y desafiar la lógica imperante entre gestión gubernamental o privada. Sus investigaciones sobre el terreno permitieron descubrir una tercera vía que ya había probado su eficacia a lo largo de los siglos y que merece la pena contemplar. Solo había que buscarla.