Hidrógeno, ¿el combustible del futuro?

25 Febrero, 2021

Hidrógeno, ¿el combustible del futuro?


El uso del hidrógeno como combustible no es algo nuevo, aunque últimamente escuchemos hablar mucho sobre él. De hecho, este elemento estaba presente en el primer motor de combustión interna, que se presentó en 1813. Con el paso de los años, su uso quedó relegado a un segundo plano porque entraron en acción carburantes como la gasolina o el gasóleo. Desde entonces, el hidrógeno se convirtió en una especie de eterno aspirante a llenar los depósitos de nuestros vehículos, incapaz de superar en precio a los derivados del petróleo.

Ahora, el hidrógeno tiene muchas papeletas para ocupar el trono de los combustibles en el futuro. Este combustible se ha convertido en una de las medidas estrella de la Unión Europea (UE) para descarbonizar la energía y alcanzar la neutralidad climática en 2050. Para ello, los fondos europeos Next Generation EU impulsarán la implantación del hidrógeno de origen renovable como fuente de energía, especialmente en el ámbito del transporte.

Reducir la huella del transporte

Reducir nuestra huella ambiental es el primer paso para frenar el cambio climático, uno de los mayores desafíos que afronta la humanidad actualmente. Esa es la razón detrás de muchas tendencias que ya nos resultan familiares. Por ejemplo, que las viviendas sean cada vez más eficientes, que se extienda el uso de energías renovables o que los coches sean cada vez más eléctricos.

Efectivamente, los vehículos incorporan cada vez más la tecnología eléctrica para cumplir con los estrictos estándares anticontaminación que impone la Unión Europea. Hay que reducir su huella de carbono como sea. No en vano, el transporte es el responsable de más del 30 % de las emisiones contaminantes en la Unión Europea. Y, en concreto, los coches, furgonetas, camiones y autobuses copan más del 70 % del total de esas emisiones, entre las que se encuentran las partículas y el óxido de nitrógeno, nocivos para la salud y el medio ambiente.

El camino que han encontrado los fabricantes para desarrollar automóviles menos contaminantes pasa por incorporar motores eléctricos que nos permitan desplazarnos sin emitir sustancias nocivas en el trayecto.

Dentro de esta alternativa, una de las vías más prometedoras es la tecnología de pila de combustible, que permite utilizar uno de los elementos más abundantes de la tabla periódica para mover un vehículo. Se trata de un desarrollo que permite repostar hidrógeno como si de gasolina se tratara y elimina dos de los grandes problemas de los vehículos eléctricos de batería: las largas esperas para recargarlos y la autonomía, que todavía resulta limitada.

Los vehículos de pila combustible transforman el hidrógeno de su depósito en electricidad -que utiliza el motor para funcionar- y en inofensivo vapor de agua -que sale por el escape. Esto quiere decir que los automóviles de pila de combustible no producen emisiones mientras circulan, al contrario de aquellos que utilizan carburantes.

Más allá de la movilidad

Aunque su utilización en vehículos es una de las más prometedoras, lo cierto es que las posibilidades del hidrógeno como sustituto de los combustibles fósiles no se quedan ahí. De hecho, la Unión Europea aspira a que el hidrógeno se emplee también en industrias como la química o la metalúrgica, en las que resulta difícil utilizar energía eléctrica por las altas temperaturas que requieren.

El ámbito residencial también podrá beneficiarse en el futuro del uso de hidrógeno como una alternativa sostenible al gas. Incluso la industria energética podría transformar en hidrógeno los excedentes de energía eléctrica de origen renovable que se producen en primavera y verano, para después almacenarlo. Así, ese hidrógeno se podría aprovechar en otoño e invierno, cuando la demanda es mayor, mediante el uso de pilas de combustible o turbinas.

Del gris al verde: la apuesta por un hidrógeno limpio

La cuestión es que producir hidrógeno no siempre es un proceso tan limpio como el que realiza la pila de combustible en un vehículo. Esto se debe a que el hidrógeno se puede obtener de varias maneras. Una de ellas resulta en el conocido como “hidrógeno gris”. Consiste en procesar combustibles fósiles como el gas natural para obtener este elemento, un proceso que finaliza con una importante cantidad de emisiones contaminantes.

Por esta razón, en la actualidad se desarrollan alternativas como el “hidrógeno azul”, que también emplea gas natural, pero captura las emisiones de carbono para almacenarlas o reutilizarlas después. O la gran promesa, el “hidrógeno verde”, que se obtiene mediante un proceso de electrólisis capaz de separar el hidrógeno del agua. Para ello, se utiliza electricidad procedente de energías renovables.

En este punto, la Unión Europea aspira a impulsar la producción de “hidrógeno verde” mediante el desarrollo de toda una economía en torno a este elemento.

La “economía del hidrógeno limpio” se desplegará en tres fases: la primera de ellas, que durará hasta 2024, tiene como objetivo descarbonizar su producción para usos actuales -principalmente en la industria-, mediante la instalación de seis gigavatios de electrolizadores, así como la promoción de nuevas aplicaciones. La segunda supondrá la instalación de 40 gigavatios hasta 2030 para que el hidrógeno se utilice también en camiones y trenes o en la industria del acero. En la tercera, hasta 2050, ya se espera el despliegue de hidrógeno limpio a gran escala para alcanzar incluso a sectores de difícil descarbonización.

Empresas, investigadores y entidades públicas ya trabajan en la transición a esa economía del hidrógeno renovable que persigue Europa en su objetivo de neutralidad climática. Un camino que, aunque está lleno de retos, parece haber recibido por fin el respaldo definitivo para llegar hasta el final.