cajero automático

19 Noviembre, 2019

Biometría, o cómo decir adiós a las llaves y contraseñas

Seguro que lo has visto en muchas películas. Un científico trabaja en un proyecto súper secreto y, para acceder a su laboratorio, utiliza un escáner de retina. O tal vez tú mismo empleas ya tu huella dactilar para pasar por los tornos de tu gimnasio. Incluso es posible que desbloquees el móvil con tu propio rostro. Todos estos son ejemplos de biometría, una disciplina que promete conseguir que las llaves y las contraseñas pasen a la historia. La biometría consiste en el estudio de los parámetros físicos o conductuales que permiten identificar a una persona. Es, ni más ni menos, lo que hacemos todos cuando nos encontramos con alguien y lo reconocemos: su estatura, su voz, sus rasgos faciales e incluso su comportamiento nos sirven para saber a quién estamos saludando, porque todos estos son ingredientes que hacen que esa persona sea única. En condiciones normales, los humanos hacemos todo este proceso rápidamente y sin enterarnos. Las máquinas, sin embargo, no pueden hacerlo por sí solas. Por eso les estamos enseñando a lograrlo.Que cada persona cuente con unos indicadores que la hacen única convierte la biometría en una auténtica oportunidad dentro del ámbito de la seguridad. Esto significa que se puede hacer que una máquina confirme la identidad de una persona simplemente con que esté presente. Para operar con su entidad bancaria o incluso abrir la puerta de su casa, no tendrá que hacer otra cosa más que situarse frente a un cajero automático o poner su dedo índice sobre la cerradura inteligente de su hogar.En cuanto a los parámetros más conocidos que se pueden utilizar para identificar a esa persona se encuentran sus rasgos faciales, el iris de sus ojos o las huellas dactilares. De hecho, este último se utiliza desde hace miles de años: los babilonios estampaban sus manos hace 4.000 años para firmar contratos, y el sistema moderno de reconocimiento de huellas comenzó a utilizarse ya en el siglo xix. A medida que avanzan nuestras necesidades de seguridad, también lo hacen los instrumentos que utilizamos para salvaguardarla. Habrás notado que las contraseñas de acceso a distintas aplicaciones se vuelven cada día más sofisticadas e incluso que se solicitan cada vez más medidas complementarias para confirmar tu identidad, como es el caso de las claves que algunas aplicaciones envían a tu smartphone por SMS. La biometría ha venido para responder a esa complejidad que no para de aumentar a la hora de identificarnos. Su gran ventaja consiste en que algunas características físicas se mantienen de manera consistente en el tiempo y son diferenciables incluso en el caso de los hermanos gemelos. Por eso son una herramienta ideal para sustituir o ampliar los sistemas de contraseñas que utilizamos habitualmente para acceder a edificios, ordenadores, teléfonos móviles y otros dispositivos.Eso sí, los rasgos que nos hacen únicos son tan numerosos que la biometría no se queda únicamente en el reconocimiento de una huella dactilar o el patrón del iris. También se nos puede reconocer fácilmente por la forma de nuestras orejas, nuestro olor corporal, la forma y estructura de las venas de nuestra mano e incluso por el patrón de los latidos de nuestro corazón. Nuestra propia voz también dice mucho más de nosotros de lo que pensamos: sus características únicas reúnen más de 100 rasgos físicos y de comportamiento inequívocos, como es el caso de la longitud del tracto vocal, el pasaje nasal, el tono o el acento. De hecho, el estudio de la manera en que andamos, movemos los ojos o gesticulamos es otra fuente de información que se puede aprovechar para saber si somos quienes decimos ser.Las aplicaciones de la biometría en nuestro día a día son muy amplias. Por ejemplo, ya podemos ir al cajero automático y emplear nuestro rostro para sacar dinero: el mismo dispositivo es capaz de validar más de 16.000 puntos de nuestra cara para asegurar nuestra identificación. Además de tratarse de un método totalmente seguro porque requiere que la persona esté presente, evita que tengamos que memorizar distintas contraseñas y agiliza las operaciones. Los pasaportes electrónicos españoles que se expiden en la actualidad también recogen algunos parámetros biométricos. De hecho, cuentan con un chip RFID en la parte posterior que permite identificar al titular sin necesidad de pasarlo por un lector. En él se almacenan nuestra imagen digitalizada, las huellas dactilares de los dos dedos índices y nuestros datos biográficos. Y, hablando de pasaportes, pronto no será necesario enseñarlos para viajar en avión. Este será el caso de los pasajeros que viajen desde el Aeropuerto Internacional de Dubái, que empleará un sistema de reconocimiento facial y escaneo de iris para identificarlos. Los viajeros solamente tendrán que caminar por la terminal para acceder al avión a través de una “ruta biométrica” que cubre las salidas, las llegadas, el tránsito, las conexiones de conducción con chófer y el acceso a salas VIP. Olvidarse la tarjeta de embarque tampoco será un problema, porque ya no será necesaria. Entre las tendencias más llamativas en biometría se encuentra la utilización del corazón para usos tan comunes como abrir puertas o arrancar el coche. Ya existen dispositivos portátiles que monitorizan los latidos del usuario y los emplean como un marcador biométrico único para identificarlo. Incluso se han desarrollado sensores que se instalan en los asientos del coche y evalúan parámetros como los cambios en la frecuencia cardiaca del conductor o el ritmo respiratorio. Si se parecen a los de una persona dormida, el coche realizará advertencias para evitar que el piloto sufra un accidente por somnolencia y, si es necesario, se hará cargo de la conducción. La biometría ya forma parte de nuestras vidas y se espera que en los próximos años experimente un desarrollo espectacular. Además de ganar en seguridad, su uso nos permitirá mejorar considerablemente nuestras experiencias al operar con el banco, comprar, viajar y un sinfín de situaciones cotidianas más. Pronto nos olvidaremos de buscar las llaves en todos los bolsillos o de recordar aquella contraseña con números, letras y caracteres especiales. Bastará con que miremos a una cámara o, simplemente, que dejemos que sea nuestro corazón el encargado de abrir la puerta de la casa de la playa.

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